Humbolt en la villaviciosa

Texto: Carlos Cordoba

Ilustración: Fernando Cuaspa

Cuando Humboldt arribó a Villaviciosa, en su expedición al sur del continente sudaca, quedó abrumado por el paisaje de verde carbónico y por la libidinosidad de sus habitantes. Al seguir la ruta de lo que parecía un camino real, el naturalista alemán entró a la ciudad por el sector boscoso de Aranda, desde donde se podía divisar el valle de Atriz, pero también a las parejas de indiecitos arropados bajo gruesas ruanas de lana de alpaca que se amancebaban a la vera del camino. Como buen investigador que era, y asombrado por la altísima actividad sexual del populacho villaviciosino, preguntó por la razón de tal fiebre de hormonas reproductivas, y la respuesta todavía asombra a los extranjeros: ullocos y aguardiente. El tubérculo del ulloco es propio de la cultura inca y, según la tradición andina, tiene grandes cualidades afrodisíacas. Si a eso se le suma el aguardiente que hacían los conventos de la ciudad, el resultado era un montón de borrachos reproduciéndose bajo ruanas de lana en los montes que circundaban a Villaviciosa. Conocedor de esta realidad, Humboldt escribió, en sus notas científicas, sobre la necesidad de llevar el ulloco a Europa, que dizque porque aguantaba muy bien el frío de los inviernos. Hasta le hizo dibujo y todas esas cosas que él hacía en sus expediciones. A pesar de esto, Europa continúa sin conocer sus ventajas alimenticias.

Pero lo más destacable de la permanencia de Humboldt en estas tierras del sur resulta ser que, durante el diciembre de 1801, intentó de manera infructuosa subir hasta las bocas del volcán Urcunina debido a las fuertes lluvias del invierno andino. Mientras esperaba a que el tiempo mejorara, el naturalista descubrió la otra cara de la villa: la villa nocturna. A pesar de que la mayoría de los villaviciosinos habían sido educados bajo los estrictos parámetros de la filosofía de la Contrarreforma, todos ellos se daban sus mañas para burlarse de las severas disposiciones moralistas que creó Felipe II. Como diciembre siempre ha sido fecha de fiestas en Villaviciosa, Humboldt pudo ser testigo de las parrandas que se hacían en las noches en el monasterio de la Concepción, con fiestas de toros y, por supuesto, mucho aguardiente. El asombro venía de ver a las monjitas del convento y a los curitas jesuitas divirtiéndose en reuniones báquicas, como sólo lo podía haber hecho un séquito pervertido de Luis XVI. Abrumado por tanta libidinosidad, se marchó, sin subir al volcán, convencido de que su responsabilidad histórica de recoger piedras y matas escuálidas estaba por encima de aquella forma de vida atemporal en aquel rincón perdido del mundo. Al marcharse, como si fuera un epitafio de su permanencia en la villa, escribiría en sus memorias: “Los villaviciosinos duermen sobre su tumba”.

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