Luncindo y Pasto

Texto: Martha Enríquez

Ilustración: Andrés Cuastumal

En 1943, cuando el Consejo Nacional Profesional de Ingeniería, máximo órgano de la profesión en Colombia otorgó la matrícula profesional para ejercer como arquitecto práctico a Lucindo María Espinoza Medina (1871-1945), un inteligente personaje pastuso, reconocía la labor de un hombre con extraordinaria sensibilidad hacia la ciudad.

Nunca viajó a Europa pero le bastó con observar imágenes en grabados de la época, revistas y libros, para retomar diferentes elementos de arquitectos reconocidos. Nuca fue a la Universidad, pero desde sus años escolares comenzó a tener conocimientos en construcción por lo que se dedicó a leer incansablemente libros de arquitectura e ingeniería para complementar sus saberes. Nunca tuvo acceso a instrumentos de dibujo, -menos a un computador-, pero no encontró obstáculo ante esta dificultad y fabricaba sus propios instrumentos y herramientas de trabajo, así estos fueran especializados, construía con gran precisión escuadras de 30 y 45 grados, compases, reglas T, y otros instrumentos de dibujo y topografía de la época, lo mismo hacía con algunas herramientas de construcción. La destreza y genialidad de un hombre que no tuvo la opción de la academia, pero se formó de manera empírica con dedicación y disciplina, lo convirtió en uno de los Arquitectos cuyo legado en la ciudad de Pasto y en Nariño, es indiscutible.  Los templos de Nuestra Señora de Las Lajas, de Ancuya y de San Sebastián (conocido como “La Panadería”); el Hotel Manhatan  y el muy reconocido Pasaje Sagrado Corazón de Jesús, son algunas de sus más invaluables obras.  La placa de piedra  dedicada a Don Lucindo en el Templo de las Lajas, expresa: “ si buscas el monumento, mira en tu derredor”, una máxima que nos lleva a pensar en que el asombro que causan nuestros nuevos conocimientos y experiencias más intensos no es por ellos mismos, si no por lo que significan en ese momento de nuestras vidas y cómo pueden cambiarla. Indudablemente, en Pasto necesitamos más Lucindos, arquitectos que deslumbren, que dejen huella, “hombres de pocas letras, pero de fina inteligencia, de pocas artes pero de sensibilidad extraordinaria, parcos en el hablar, facundiosos en el meditar, laboriosos y humildes, artistas de raza y genuinos representantes de nuestros mejores valores autóctonos” (Moreno Luís Gabriel. 1997. pág 102). Alarifes que proyecten la perfecta armonía que debe haber entre la arquitectura y el hombre, una arquitectura que perdure por siempre.

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