Lo que no dice Wikipedia

Texto: Carlos Cordoba

Ilustración: Mikel Melo

Dice Wikipedia, que José Ignacio Rodríguez Guerrero fue rector de la Universidad de Nariño, Alcalde de Villaviciosa, humanista por su obra como periodista y escritor con su libro “los Tipos delincuentes del Quijote”, y que es el único colombiano que ha tenido asiento fijo en la Real Academia de la Lengua Española. Lo que no dice Wikipedia, es que cuando José Ignacio Rodríguez Guerrero murió, sus descendientes, que todavía vivían en Villaviciosa, abrieron a golpes la puerta sellada de su biblioteca sagrada y lanzaron por la ventana los miles de volúmenes de libros que reposaban al andén frío de la calle.

Durante una semana continua estuvieron haciendo lo mismo, y para ahorrase tiempo en el desalojo del espacio prohibido, contrataron una volqueta del aseo del municipio y cargaron allí todo lo que iba cayendo desde la ventana. Necesitaban la casa para venderla y los libros sólo eran artículos sin ningún valor. Cuando algunos estudiantes de la universidad de Nariño y conocidos del eminente humanista supieron de aquel atentado contra la dignidad de la especie humana, ya todo era demasiado tarde. Cuentan los abuelos que por varios días, diferentes personalidades de las letras y las artes deambularon por el viejo basurero de la ciudad, buscando libros que eran únicos en la villa. Fue una tarea ardua y sucia, y para cuando se convencieron de que la mayor parte de la biblioteca se había convertido en comida de las ratas, ya algunos habían contraído la fiebre tifoidea y un odio visceral por la historia y la literatura. Las dos enfermedades se esparcieron por toda la villa, y desde entonces todos los tiempos en Villaviciosa son oscuros.

Es que el odio, al igual que el amor, puede renovarse y hacer cosas sorprendentes dentro de los territorios de la ciudad del fin del mundo. Por esa razón los antiguos moradores que habitaban en el valle que ahora ocupa esta ciudad, hacían sacrificios especiales para que los elementos de la naturaleza no intervinieran en las discusiones de los hombres, y así el odio no se repitiera continuamente. Como esas antiguas ceremonias se perdieron entre los siglos, el ciclo de rencor volvió a girar por las calles de esta ciudad con displicencia. Algunos dicen que el desprecio que los hijos de Ignacio Rodríguez Guerrero tenían por la biblioteca de su padre, provino de la furia que descargó el humanista sobre su descendencia cuando encontró a los chicuelos jugando trompo entre las obras de sus clásicos favoritos en un día de tormenta eléctrica. De un golpe sobre el escritorio donde escribía sus artículos, atrajo un rayo poderoso que penetró por la casa hasta venirse a descargar sobre el teléfono negro de disco que reposaba al lado de sus hijos. El espectáculo sacudió a los mocosos que salieron chillando de la biblioteca para nunca más volver mientras su padre estuvo vivo. La destrucción del aparato alejó para siempre a los muchachos de los libros y llenó al académico de miles de fobias que con el tiempo le dieron fama de huraño, lo cual condujo a la inevitable pérdida de una de las mejores bibliotecas del país por aquel entonces. Como se puede observar, el odio y las tormentas eléctricas se renuevan de una manera extraña en la villa del fin de los tiempos, y a veces es imposible detenerlos.

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