El frutero de la 24

Texto: Laura Ortiz Chaves

Ilustración: Yessith Santander

Llega un poco antes de la 7 de la mañana al puesto de la esquina, en una camioneta roja destartalada, cuya alarma suena con cualquier ráfaga de aire o con una simple brisa, como un despertador que quiere avisar al barrio que ya está allí.

Viste un jersey verde y viejo, una camisa roída de un color ya indefinido después de tantas lavadas y una gorra para protegerse del sol. Algunas veces viene solo, otras con una mujer o con cualquier alma caritativa que haya decido amenizar sus horas. Solo descansa los domingos.

Vende fruta, alguna verdura, pero su gran negocio, sin duda, son las piñas peladas.

Sigue un estricto ritual, cada mañana organiza su puesto: las manzanas aquí, los plátanos allá, el plástico, por si llueve…, afila su cuchillo con una pequeña piedra grisácea que saca de su bolsillo izquierdo y, con el cuchillo ya cortante, ataca a las piñas.  Selecciona las más apetitosas con algún tipo de criterio que desconozco, las pela, las parte en rodajas una tras otra, las coloca en bolsas transparentes, que apila con esmerado orden, y se sienta a esperar a los viandantes faltos de vitamina C.

Algunos días rompe su rutina y deja todo para bromear con los trabajadores de parking que está al lado de su puesto o para espantar a algún perro callejero, aunque esto no ocurre a menudo. No es como los demás vendedores, no grita, solo espera y atiende. Nada de “¡Peras dos mil!”, “¡Mangos a mil!”, silencio y alguna sonrisa al cliente de turno.

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