El Tío Ernesto

Texto: Nathalia Jurado

Ilustración: Andrés Cuastumal

 

Alguna vez me dijeron que para hablar de fútbol o de política era necesario: primero, echarse la bendición y, segundo, preparar el cachete. Tenían razón, pero no por eso uno deja de pensar lo que piensa, ni de sentir lo que siente. Y a propósito de elecciones, de otras elecciones que como siempre, me terminarán partiendo el corazón, he decidido contarles lo que para mí significa perder siempre.

Sí, siempre pierdo. (Y mejor ni les hablo de fútbol, porque ahí me va peor). En materia de elecciones nunca ha ganado el candidato por el que voto, ni siquiera mis candidatos a personero del colegio ganaron nunca. No gano rifas, no gano jugando Triqui, tampoco gano jugando Solitario, ¡no gano nunca! Lo mío es una racha perdedora desde tiempos inmemorables. Al principio, era bastante frustrante, pues eso de votar con esmero por el candidato de tu preferencia y que todos los que prefieras siempre pierdan, es una vaina que te pone a darte golpes en la primera pared que encuentras. Entonces de tanto “golpe”, llegué a varias conclusiones y una de ellas es que con lo que ha pasado en los últimos años en este país, decidí mejor, sentirme orgullosamente una perdedora. Me siento la Ariadna Gutiérrez de las elecciones, la que cree que va a ganar, se ilusiona, la ilusionan, la dejan vestida, alborotada y sin corona, pero le va mejor después de haber perdido. Solo me falta el fantoche millonario para irme a bailar encima de una lancha, aunque sea en La Cocha. Todo esto, todo ese orgullo de perder, tiene una simple razón: y es que, definitivamente uno no puede apoyar criminales, corruptos, sinvergüenzas, descarados, mentirosos, cínicos, amigotes de narcotraficantes y menos, votar por ellos. Porque creo que uno necesita tener el corazoncito y la cabecita muy dañados para convertirse en cómplice de semejantes personajes que llevan años desangrando este país y algunos, como si nada, de simples espectadores y otros, hasta les hacen la venia.

Quizás en alguna parte de nuestra historia hemos confiado, hemos creído en alguien, nos han convencido, o algo peor, nos han engañado. Que mejor ejemplo, el tipejo este que gritaba a los cuatro vientos tener la manito dura contra “asesinos” y resultó siendo más asesino que Hitler borracho. Ya sabrán de quién les hablo, no es difícil adivinarlo y bueno, ya entrados en gastos pues hablemos de ese gobierno, que, para mí ha sido el peor, el de Alvarito “El Perseguido” Vélez”.

En mi caso, tuve varias discusiones familiares por temas políticos, porque se me hacía increíble que en mi familia les convenza apoyar a un delincuente disfrazado de presidente, se me hacía increíble que existan miles de pruebas en su contra y aún así me repitan siempre “eso es mentira, es un montaje, además, él fue el único que acorraló a la guerrilla (ni siquiera la acabó) y su tío Ernesto pudo volver a su finca en el Caquetá”. Un tío Ernesto que ni conozco, que ni quita ni pone, el típico tío de toda familia que tiene plata hasta para usarlo de papel higiénico y que obviamente, su otra familia, la del estrato medio bajo, nunca ha visto ni uno de sus pesos.

Hay gente que cayó redondita. Los de mi casa, de los más incautos, hasta yo confieso que me paré a aplaudir cuando ocurrió la famosa Operación Jaque. Cuando sonó el himno, de un brinco quedé frente al televisor erguida y con mano en pecho, no puedo negar que sentí algo de orgullo apenas me enteré de tremenda operación. Pero eso era el modus operandi de ese gobierno, tapar con operaciones como esas, la basura que escondía por otro lado. Y bueno, al menos esta operación fue real, Ingrid Betancourt sí era Ingrid Betancourt y no, Luz Amparo Álvarez. Keith Stansell sí era Keith Stansell y no, Jimmie Bernal (el gringo de Dejémonos de Vainas) y los guerrilleros, pues también eran guerrilleros y no, jóvenes, víctimas inocentes que “sin saber cómo” se desaparecieron y después aparecieron muertos con camuflaje guerrillero. ¡Ay!, pero verdad, que en ese gobierno esto, tristemente, sí pasó.

Durante ese gobierno “decente”, les daban incentivos a los comandantes de la contraguerrilla de cada batallón para que al final del mes registraran el mayor número de combatientes dados de baja. Dinero, licencias, días libres, capacitaciones, cursillos de verano, (cosa que conoce el dedillo el candidato presidencial Iván “El canas postizas” Duque) y demás regalos, sólo por mostrar resultados de la “maravillosa” Seguridad Democrática. El problema fue que, para ganarse sus premios, en ese gobierno “humanitario” realizaron múltiples ejecuciones extrajudiciales, los cuales cobraron la vida de al menos unos 3.500 inocentes que eran presentados en bandeja de oro como guerrilleros dados de baja. A este personaje, líder de tremendas operaciones, no le importó mostrar sus magníficos resultados (así sean inventados), no le importó la vida de jóvenes que nada tenían que ver con la guerra, no le importó las familias de estos jóvenes, no le importó pasar por encima de los Derechos Humanos, no le importó nada. Hasta ahora no le importa; nunca le importará.

Este caso es uno de los miles de crímenes y actos de corrupción que poco a poco se fueron conociendo, se fueron denunciando y se fueron destapando. En investigaciones, este esperpento está más acumulado que el Baloto, pues lleva una suma de al menos 300 investigaciones en su contra, pero no, él cree que lo están persiguiendo, se cree honorable, intachable, incorrupto, enviado de Dios en la tierra, el mejor presidente que ha existido en el mundo y sus alrededores y algo más gracioso, sigue creyéndose presidente.

Y bueno, es por esto que me declaro la mejor de las perdedoras. Puede engañar a quien quiera, puede ganar engañando, puede comprar votos,  puede hacer lo que se le venga en gana, pero al menos yo tengo bastante claro que no puedo apoyar nunca a nadie que tenga más investigaciones que el agua en Marte, que sea un cínico, mentiroso y que utilice de una manera extraordinaria, porque no podemos negar que el tipo no es bruto, su inteligencia para dominar, hipnotizar y utilizar al títere que se le ponga al frente.

 

Ahora bien, pudiera seguir con la lista de fechorías de este canijo, pero tampoco es que quiera escribir la Biblia de los Delitos. No puedo ahondar en lo que ya todos conocemos, algunos entendemos y otros pues, muy a nuestro pesar, se hacen los de la vista gorda. Les contaba de mi familia, de los de mi casa,  que lo admiraron durante su primer mandato y menos mal y gracias al Niño del Cabuyo, reaccionaron, a punta de estrelladas, pero lo hicieron. A toda esa gente que antes le creyó y ahora se dio cuenta de la realidad, uno los recibe con los brazos abiertos, es como si se hubieran graduado de alguna especialización, (pero no las del chancho), es como recibir a alguien que vuelve a la vida después de un coma.

Pero hay otros que no despiertan. Los ganaderos ricachones como el Tío Ernesto, tendrán sus razones personales y eso, pues como que se entiende. Lo que no se entiende es esa gente estrato Sisbén Bajo y Medio, sin ni siquiera una casa en un árbol, que no tiene tierra ni en los zapatos, que tiene que esperar cinco meses por una cita médica o que tiene que rogar cada fin de año para que le renueven un contrato, (si es que tienen trabajo, claro), sigan exclamando a grito herido ¡QUÉ VIVA EL PRESIDENTE URIBE! Sí, presidente, ya les dije por qué. Sus fanáticos, primero dejan de llamar a la mamá a ver si vive, que dejarlo de llamar presidente a este esquizofrénico. Podría asegurar que algunos hasta lo ven transmitiendo en vivo con motosierra en mano y lo justifican, lo aplauden, lo imitan. Así son; ciegos, sordos, mudos y algunos, con todo el respeto, hasta brutos.

En fin, me queda un consuelo o bueno dos. Ya no peleo con mi familia para que por favor se pellizquen, claro, con los de mi casa, porque no me van a decir que en cada familia hay una o varias tías, como en la mía, que si por ellas fueran lo llevarían como estampa del Sagrado Corazón de Jesús, a lo Paloma Valencia. En la mía está la tía que sigue a Alvarito, pues porque el Tío Ernesto pudo volver a la finca, faltaba más; y hay otra que lo sigue, porque al menos Alvarito, va a todos los domingos a misa. Les hablo en serio, pero allá ellas. Esa guerra es perdida. Y el otro consuelo que me queda, es que pase lo que pase acá en mi tierra, ese desvergonzado nunca gana, para mí ya es algo, o mejor, es mucho. Creo que ganó en su primero gobierno, pero en su relección, la cual fue comprada por él mismo mandando a sus “impolutos” funcionarios a ofrecer regalitos a cambio de un voto a su favor para reelegirse, al menos ya no ganó y de ahí para acá, no se gana sino insultos. Y creería que, si este ser perverso va a seguir ganando por comprar y/o engañar hasta al que imprime los tarjetones, yo seré la persona más feliz en el planeta, de seguir perdiendo, así el Tío Ernesto, siga arrasando.

 

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