¡Lárguese para el Ecuador!

Texto: Natalia Jurado

Ilustración: Erika Benvides

Ojalá me dijeran más veces que por ser pastusa, soy ecuatoriana.

Es un honor. Lo que para algunos decirme “ecuatoriana”, lo ven como si me estuvieran mentando la madre, yo, lo agradezco. Hay una lista inmensa que nos separa de ser lo que al menos para mí, es esa hermosa tierra. Sólo les recomiendo que si al leer este primer párrafo van a decir: “entonces, ¡lárguese para el Ecuador!”, mejor no lean nada, porque los que se tienen que largar, son otros.

Ecuador, es un país que tiene lo que ninguno de nosotros tenemos, salvo cuando juega la Selección Colombia: orgullo y sentido de pertenencia. Son inmensamente orgullosos y felices de ser de su país. Lo aman, lo respetan, lo cuidan, lo valoran siempre, no sólo cuando hay un partido de fútbol, cuando tienen una Miss Universo o cuando Jbalvin graba un disco con algún rapero famoso. Sí, me dirán: “es que ellos no han tenido ni Miss Universos, ni Jbalvines”. Yo les digo algo, no les hace falta. Ellos, los ecuatorianos, se acuerdan todos los días de la tierra donde nacieron, aman lo que tienen sin añorar lo que tienen otros, respetan a su compatriota y algo mejor, respetan al “diferente”.

Si creen que exagero, se pueden hacer una idea de lo que les estoy hablando, nada más mirando la reacción de todo un país por la muerte de alguno de los suyos. Allá, los muertos se respetan, les duelen, los destroza. Allá, piden por sus familias, imploran para que no haya un muerto más. Allá, no están acostumbrados a muertes diarias, allá no hay un Tumaco, por ejemplo. No tienen idea qué significa que exista un pueblo completamente olvidado por el Estado y la misma sociedad, donde matan en cada esquina, donde roban por una bolsa de pan, donde los dejan sin energía eléctrica cada que parpadean, donde un niño no conoce un libro, pero le enseñan muy bien cómo funciona una pistola, donde es el paraje turístico ideal de narcotraficantes, donde pasa todo lo malo, donde nadie se acuerda de ellos, donde ya nada les duele, porque les tocó acostumbrarse.  Qué van a conocer de esto en el hermano país del Ecuador. Allá no les matan cada día un líder social,  cada minuto un policía por ser policía, cada segundo un transeúnte por un celular, una esposa por celos, un niño después de ser violado, un periodista por expresarse, una mujer por ponerse minifalda, un campesino por quitarle una tierra, un futbolista por meter un autogol, un joven por meterse al barrio enemigo, un anciano por abandono, un bebé en un basurero, un perro envenenado, un peatón por un conductor borracho, un taxista por robarle, un celador por defender. Allá, tal vez esto, ni conozcan o si lo conocen, porque claramente, todo país tiene sus lunares, sus ovejas negras, sus rebeldes sin causa; cuando les pasa, reaccionan. Se indignan más allá de armar un Hashtag en una red social, allá sienten el dolor ajeno como suyo, allá no se aprovechan de ninguna muerte para hacer política, cosa que acá, hay unos expertos.

Acá en Colombia, se escoge el “dolor” que más convenga, se escoge por cual se debe “llorar”. Acá, todas las muertes no son las mismas. Acá se aprovechan de situaciones difíciles para mostrarse solidarios, cuando a nadie le duele nada. Somos flor de un día, tenemos un limite de indignación y voz de protesta de máximo 24 horas, de ahí, se nos olvida todo. Pero miren, está muy claro que son nuestros muertos los que “ni fu, ni fa”, porque por los de otros, nos rasgamos las vestiduras, nos damos golpes de pecho, prendemos velas, dejamos de comer, nos unimos a una cadena de oración enviada por WhatsApp, hacemos, mínimo, una hora de silencio y algo más particular,  cambiamos de foto de perfil de acuerdo a la situación y al país donde ocurrieron los hechos violentos: Siria, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, España, Turquía, Italia, Kosovo, Macedonia, Argentina, etc., etc., etc.; pero nunca, ¡nunca!, aparece una banderita nuestra. Igual, todos sabemos que cambiando una foto de perfil con una bandera, nadie va a dejar de matar a nadie, pero es algo inconcebible, que nos duelan todas las muertes, todas las injusticias, todas las desgracias del mundo, menos las nuestras, que además, no son pocas, son demasiadas.

Acá, en época electoral, algunos como que hacen novenarios para que maten al contrario, para que maten al copartidario, para que maten al que sea, pero que haya cualquier muerte para utilizarla a su favor. Cosa que no les funciona, claro está. Porque que yo sepa “nadie” con dos dedos de frente, se paró a aplaudir cuando Martica Lu, salió despavorida a coger su celular y en vez de condolerse por el asesinato de los periodistas ecuatorianos, quiso pasarse de audaz y vivaracha, utilizando esas muertes como su “mejor” arma política para atacar a sus contrincantes, bueno, no a todos, a uno en especial. Pero quizá, me estoy equivocando. Algunos, que ya sabemos quiénes son, la aplaudieron; y mucho.

En fin, acá en Colombia pasa de todo y a la vez no pasa nada. Hace un tiempo, todo se defendía a punta de marchas, pero tampoco resultó, al final ya no marchaba nadie, ganó la pereza.  Acá queremos cambiar el país por ratos, nos acostumbramos a quejarnos, pero no a defendernos. Ya debería dejar de importarnos, por ejemplo, un reinado. Al fin y al cabo, tener una Miss Universo, no nos quita ningún problema social. Desafortunadamente nos dejó de importar lo importante, unos votan por los mismos, otros, ni votan, cosa que es más grave aún. Ya deberíamos reaccionar, aunque sea un poco, seamos otro Ecuador, pellizquémonos, pongámonos en los zapatos de todas las victimas de este país, alcemos la voz todos los días, ayudémonos, denunciemos, no nos dejemos aplastar, ni pisotear. No dejemos que sigan robándonos en nuestras caras. Dejemos de ser el burlesco de los políticos de siempre.

En mi caso, les puedo decir que vivo orgullosa de la tierra donde nací, soy feliz de ser de donde soy, no me quiero “largar”, he aprendido a querer lo mío, trato de cuidar lo que tengo, amo los paisajes de mi tierra, su comida, su gente. No creo tener enemigos, aunque algunos o algunas no me querrán. Como buena pastusa a veces hago chistes malos, me burlo de mi misma y me burlo de los demás, así soy. Pero no me creo mala persona, ni mejor que otras. Me duelen muchas cosas, me duelen las injusticias, me duele la violencia, me duele que no hagamos nada, me duele que me roben todos los días, me duele Tumaco, me duele Buenaventura, me duele la Guajira, me duelen las muertes, todas y cada una. Entonces, pueden decirme ecuatoriana las veces que quieran, que para mí siempre será un halago. Está claro que algo o mucho tengo de ellos. No me disgusta que me lo digan, como si serlo, fuera la peor de las ofensas. Lean un poco, investiguen, se irán de espaldas cuando se enteren que, en muchas cosas, ese país es un millón de veces mejor que el nuestro. Vivir en una tierra que limita con el Ecuador no es una desgracia, no me están insultando, tampoco ofendiendo. Y les cuento algo, a mí y a mis coterráneos, nunca nos disgustará que nos digan selváticos, atrasados, indios o campesinos. Pues fíjense que, aunque les parezca increíble, todos lo somos. Todos somos indígenas, todos somos campesinos. Todos venimos del campo, de la tierra, de la selva, del atraso. Ustedes no nacieron en castillos, ni en palacios. Tampoco nos disgusta sus señalizaciones de que ustedes son mejores o más inteligentes, lo que nos indigna es que lo mezclen con verdaderas ofensas, groserías o ultrajes y que piensen que, porque sus ciudades tienen más metros cuadrados de cemento, entonces ustedes tienen más masa cerebral que nosotros. Si quieren a su país, que es el mismo mío, así como lo pregonan, aprendan algo de ese país vecino, se van a sorprender cuando se den cuenta de que hay gente que, a diferencia de ustedes, aman lo que tienen sin hacer intentos fallidos de ofender a su “hermano”, a su “paisano”, a su compatriota.

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2 Comments

  1. Excelente texto, sin duda los de Pasto tenemos una sensibilidad distinta ante los problemas comunes, vivo hace falta 20 años fuera de mi natal Pasto, pero nunca he dejado de sentirme orgullo de ser de Pastuso.

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  2. no buscamos representación.

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