Elegia

Texto: Luis Felipe de la Rosa. Nació en Pasto (1887 – 1944).

Ilustración: Carolina Vélez

La noche está negra. Su negro camino

recorre a lo lejos la estrella fatal…

solloza en el sauce la tímida racha

y un galgo que pasa de tétrica facha,

me mira… Y se acerca rastreando al umbral.

 

Postrado en mi lecho de angustia infinita

contemplo la tierra, con honda inquietud !

escucho que a tientas me ronda la muerte.

¡ y viene trayendo su frío ataúd !

 

Las nueve. Ya el bronce mayor del Santuario

recuerda que todos debemos orar.

¡ que lúgubre el dejo de aquella campana !

recemos, tristeza, recemos semana,

por esa campana que se oye llorar.

 

Silencio… las diez. Mi pálida novia !

¡ oh, virgen que tejes tu blanca ilusión !

a ti va esta amarga, postrera elegida:

la escribe temblando la mano que un día

llamará a la puerta de tu corazón…

 

Qué triste !… Comprendes? sin nadie a mi lado !

pensando que nunca, mi bien, te he de ver,

recojo en tu leve, fragante pañuelo,

mi llanto copioso, como ese del cielo

que en este momento principia a caer.

 

Adiós para siempre, capullo de rosa,

divino capullo del huerto de Ormuz.

adiós ! adiós !, perla sumida en la fuente

del bosque secreto, del bosque doliente,

que abriga del bardo la última cruz… !

 

Adiós ! Ya la estrella se pierde en ocaso;

el viento en la rama no ha vuelto a gemir,

se crispan mis nervios, mi sangre está helada

y siento en el alma la recia aleteada de un

¡ ay ! que no encuentra por dónde salir.

 

No olvides: Hilando mi capo de ensueño

en tarde apacible, con íntima fe,

me halló la desgracia… Por eso al fastidio

mi alcázar abrí; pensé en el suicidio

¡ y acaso al demonio yo pobre invoqué !

 

Ahora, sereno, de todo conforme,

no insulto a la garra que ayer me atacó

me voy de la vida rodando a la nada;

mas quedan mis versos: el ave sagrada

renace en el báratro… Así seré yo !

 

Adiós ! Oh, Preciosa ! Mis arcas, tu sabes,

jamás escondieron riqueza vulgar:

te dejo mi casco, mi cota de mallas,

el gajo apolíneo, las rubias medallas

que nadie en la lim me pudo ganar.

 

En cambio te imploro tendidas las manos,

por Dios y tus padres, un solo favor:

¡ consigue que el viejo guardián de los muertos

no cierre mi bóveda y déjame abiertos

los ojos, los labios… no tengas temor.

 

Yo quiero en mi fosa mirar todavía

la cara perversa de la humanidad

y, en loco arrebato, lanzar un gemido

que rompa el silencio, que rasgue el olvido,

que borre esa sombra de la eternidad !…

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